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    PATERNIDAD Y MATERNIDAD HOMOPARENTAL
    por Diego Sempol

  • La adopción en debate
  • El debate académico
  • Seis mitos
  • La ley en 9 países
  • Toda la producción académica confirma que en ningún caso las parejas del mismo sexo carecen de la idoneidad necesaria para hacerse cargo del desarrollo de un menor por el simple hecho de ser homosexuales. Las investigaciones son unánimes, no hay diferencias entre los hijos criados por homosexuales y los criados por heterosexuales a nivel psíquico, afectivo y sexual.

    La Asociación Americana de Psiquiatras apoyó en 2000 todas las iniciativas que permitan a los homosexuales adoptar solos o como parejas a menores y tener todos los derechos legales, beneficios y responsabilidades que de ello se deriven ya que “esta demostrado consistentemente que los niños criados por padres homosexuales presentan el mismo nivel de funcionamiento emocional, cognitivo, social y sexual, que los criados por parejas heterosexuales”. La declaración fue clave para evitar la discriminación cuando se producen juicios por la custodia de los niños. Y algo similar puntualizaron la Asociación Americana de Psicólogos (1976), la Academia Americana de Pediatras (2002) y la Asociación Piscoanalítica Americana (2002).

    Es que la investigación en el tema es abundante. Desde los años cincuenta se ha indagado en forma comparativa padres gay y heterosexuales y desde los años setenta los procesos de crianza de sus hijos*. Luego de más de cuarenta años de estudios es claro que las creencias sobre la existencia de diferencias de ajuste psicológico entre los niños criados por parejas gay no tienen ningún asidero empírico científico.
    Llegados a este punto cabe preguntarse entonces por qué existe tanta oposición a la adopción gay o por qué el tema es considerado tan polémico. La respuesta se hace evidente al observar algunos rasgos comunes en los trabajos de investigación. Libros, artículos académicos y ponencias afirman, casi obsesivamente, una y otra vez que la crianza a cargo de parejas homosexuales no genera niños homosexuales, o al menos sólo en un proporción similar a la de las parejas heterosexuales.

    Y aquí llegamos al corazón del asunto: nadie cuestiona (incluso a veces ni las propias organizaciones gay lésbicas) la legitimidad de esta pregunta. ¿Por qué es un dato relevante determinar estadísticamente si hay alguna diferencia en este sentido? ¿Por qué los derechos de un menor parecen estar comprometidos si su crianza lo “vuelve homosexual” (siempre y cuando algo así fuera posible)? Si no tiene nada de malo que los padres “enseñen” y “estimulen” a sus hijos a ser heterosexuales ¿por qué con la homosexualidad debería ser diferente? Pero aún yendo un poco más lejos: ¿quiere decir esto que las parejas heterosexuales que tienen un hijo gay violaron sus derechos? ¿O lo que sucede en el fondo es que se está afirmando en forma omitida algo equivalente a que el derecho de los negros a tener hijos está supeditado a si estos nacen blancos, porque de lo contrario se están violando los derechos de los más chicos?

    En realidad toda la discusión parte de dos puntos ciegos: por un lado, se sigue utilizando lo heterosexual como la medida de todas las cosas y por lo tanto lo divergente debe ser sopesado minuciosamente antes de ser asimilado. Por otro lado, los investigadores aceptan medir qué importancia tiene durante la crianza el dato de que alguien sea homosexual (¿entonces por qué no importa si tiene manos grandes o abundantes cejas?). Sin lugar a dudas, aquí operan las marcas del estigma, ese que reduce a un sujeto y toda su riqueza a una sola señal, que lo engloba y define ante el resto. No existe otra explicación posible para tanto estudio comparativo, ni para dudas luego de cuarenta años de estudio.

    La discusión sobre la paternidad gay o lésbica implica bordear el corazón de los prejuicios y aprensiones en una sociedad heterocentrada como la nuestra. La idea de que la homosexualidad es válida mientras se procese entre adultos, la disocia de los circuitos de sociabilidad y del centro mismo de la reproducción social. Con la adopción gay afloran los límites de nociones como la tolerancia (todo vale mientras sea entre cuatro paredes y en secreto) y la discusión recupera su verdadero cauce: los miedos brotan, las dudas legítimas sobre el fenómeno surgen, y hay que discutir de nuevo todo (qué es ser homosexual, qué es ser hombre y mujer, y qué significa ser heterosexual).

    Pero el debate, si al principio promete, al final no cumple. Los argumentos en contra de la adopción gay son pobres, repetitivos hasta el hartazgo y muy poco provocadores. El vivero ideológico siempre es el mismo: un punto de vista religioso, cierto naturalismo ingenuo, o el peso de la tradición. Los pocos académicos que cuestionan las investigaciones hechas hasta el momento no pasan de algunas precisiones metodológicas, y los que han ido más lejos terminaron manipulando deliberadamente las muestras para obtener resultados diferentes (el psicólogo estadounidense Paul Cameron fue expulsado de la Asociación de Psicólogos Americana por esta razón).
    El peso de los estereotipos es tal y la desinformación tan profunda que el temor invaden las conversaciones con una facilidad inusitada. El peso de ciertas creencias y prejuicios rompió nuestra relación con lo obvio. La capacidad paterna o materna en nada esta relacionada con la orientación o identidad sexual de una persona. Sino en su capacidad de amar, proteger y promover autonomía.

    * Se puede consultar entre muchos autores los trabajos más recientes de Harris y Turner (1985-86), Bigner y Jacobsen (1989), Allen y Bureel (1996), Brewaeys y Hall (1997), Gooman, Emery y Haugaard (1998), Rienzi y Hposoowa (1998) y Chan, Brooks, Raboy y Patterson (1998). En España el primer informe sobre el desarrollo infantil y adolescente en familias homoparentales fue dirigido por Mar González de la Universidad de Sevilla y financiado por la Oficina del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid.