Con 27 años no parece que pueda brindar una enseñanza demasiado profunda o demostrar un gran poder de resiliencia .Pero si estoy segura de poder explicar cuan distintas son las cosas cuando alguien te ama en serio, sin importar que seas hombre o mujer, inteligente o lenta, linda o fea.
Nací en una familia de clase trabajadora, con una madre de origen italiano, católica ortodoxa aunque con gran sensibilidad. Fui el hijo que soñó, anheló y esperó durante tantos años y se esmeró por criarme con todas las oportunidades que ella no tuvo. Pero un día, ante una pregunta directa, le confesé lo que sentía: ya no podía estar siempre sobre un escenario, desempeñando un papel, necesitaba ser yo misma, ya no mas “él” sino “ella”. Ella reaccionó bien, me manifestó su miedo a que sufriera demasiado y su certeza de que ya no me iba a poder proteger. ¿Estas segura de este camino?, me preguntó por último. No tuve más que asentir con mi cabeza.
No fue fácil lo que vino después. Pero ella se mantuvo ahí, cultivó las mejores cosas que existen en mí y además me acompañó en todas las formas posibles, re- inventándose una y otra vez para estar presente en mis nuevos desafíos. Me habilitó a tener una carrera universitaria y que mi vocación se hiciera una realidad. Cuando todo iba mal llegaba a mi casa y me encontraba con un refugio. Mi vieja estaba ahí para ayudarme a bajar el dramatismo, y para asegurarme que todo iba a salir bien. Su confianza en mi me sostuvo antes y después de exponerme ante el mundo como mujer.
La diferencia, pienso, está en que pudo ver un poco más allá. Supo rascar detrás del maquillaje, la ropa y los accesorios para encontrar a ese ser humano que sueña, necesita y lucha esperanzado. Se las ingenió para no exotizarme y descubrir a esa persona que necesita trabajar dignamente y poder moverse en la ciudad como cualquiera, sin tener que apelar a las sombras de la noche y a la marginalidad para encontrar un lugar. Gracias a ese apoyo jamás tuve que prostituirme, pude estudiar y egresar de la Facultad de Derecho con el titulo de Abogada. Soy la primera chica trans que egresó de ese centro de estudios. A diferencia de otras, pude terminar la carrera, nada más y nada menos, porque tuve una oportunidad.
El camino estuvo plagado de dificultades. Durante mi época de estudiante soporté que un profesor de DDHH me invitara a abandonar su clase por mi identidad sexual, tuve que escuchar en la lista mi nombre masculino una y otra vez, estando maquillada y con tacos altos, y decir presente como si nada me pasara por adentro. Es verdad que los humanos nos podemos acostumbrar a todo, pero no está bueno habituarse a la cachetada sin razón. Por eso, cuando obtuve mi cambio de nombre legal la situación cambió significativamente, ya no hubo más miradas inquisitivas en un auditorio lleno de compañeros sorprendidos. Es que pelee no como los demás, por el derecho de piso de ser respetada como colega, sino por el derecho a existir, que es algo mucho más complejo y profundo.
Hubo docentes que me dieron un respiro en esta pequeña gran guerra, que me evaluaron sólo por mis capacidades, como debe ser en un mundo más justo. La Dra. Martha Szeinblum y el Esc. Augusto Bessouat me confirmaron en los momentos más duros que aun podemos tener fe en nuestra especie y que los cambios son posibles. Hay que ser fuertes, saber esperar y seguir sin bajar los brazos, porque por trillado que parezca, es cierto, siempre hay un nuevo amanecer. |